Hoy se cumplen 75 años de la entrada en Barcelona de las tropas insurgentes del genocida general Franco. La ciudad, cuyo mortal silencio buscaba amparo o eco entre los muertos muertos, no asistió al ignominioso paseo militar de los subversores de la Constitución de 1931. Solo unos pocos esperpentos humanos, el hambre y el dolor levantados de los actores forzados por el miedo, dejaron ver sus cuerpos en aquel día gris de enero de 1939. Hombres acaso, sólo las nubes impidieron que sus sombras doblasen la infamia intolerable de su presencia por las calles de la moribunda urbe. Hace 75 años, la muerte entraba en la capital catalana encinta de más muerte, llena de purulento odio a la vida, la libertad, la diversidad cultural y la democracia; preñada de angelicales cantos marianos y la promesa de una paz, la de los cementerios, duradera y homogeneizadora. Hace 75 años, la España cainita mostraba también en la ciudad condal que la historia, el pasado y el futuro de los vencedores, la escriben quienes nada saben de letras y la padecen quienes no conjeturan con la convivencia. Hace 75 años. Los asesinos entraron por la avenida Diagonal hace 75 años. En la plaza de Cataluña, hace 75 años, los rebeldes celebraron su criminal entrada con una misa reparadora y llena de consuelo y amor al prójimo. Hace 75 años, el pavor castraba a los hombres libres, mutilaba sus pensamientos y los reducía a simples testimonios de carne macilenta.
75 años después, el registrador de la propiedad Mariano Rajoy Brey entra triunfal y democráticamente en un inmueble de Barcelona con la fuerza de la cerrazón de los millones de votantes que lo encumbraron a la presidencia del Gobierno. Esperado por el puñado de paniaguados populares que de su boca anhelaban oír la palabra sanadora, evangelizadora o legitimadora, el ultraderechista gobernante no defraudó a los suyos. Y Rajoy, 75 años después de la conmoción franquista, registró de nuevo el predio que con tanto dolor conquistara el carnicero ferrolano. Y así dijo el santiagués, Cataluña es UN BIEN INDIVISO. La gritería y el follón que siguieron, amén de los aplausos de los propietarios del bien, no obstaron para que un silencio estremecedor abandonase la sala de convenciones y se hiciese sangre de teletipo, sustancia del ciberespacio o aire pútrido en la decadente atmósfera democrática. LA DEMOCRACIA HA MUERTO, podía haber dicho, pero no, se conformó con que todos ensalzasen el bien incorpóreo del cadáver muerto muerto.
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