La globalización ha revelado, de forma paradójica e inopinada, la potencia del hombre solo. A este ser imprevisible que ahora tanto conturba a la asamblea de los hombres despavoridos, pero que siempre ha estado contenido en ellos, aunque fuera de su campo visual a causa de su deliberada ceguera, debe conocérsele como el hombre nuevo y único, pues es aquel que de veras empieza y acaba en sí mismo. La fuerza del fogonazo-isla, cuyo brillo logra imperar en el archipiélago de las luces, prueba es de que el todo inerme no es la suma, sino la resta, de unidades atomizadas para la ignorancia y la soledad más hiriente y despiadada.
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