"Muerto el perro, se acabó la rabia", dice un conocido refrán. Se cumplen hoy cuarenta años del anuncio del deceso del tirano Francisco Franco Bahamonde. Cuatro décadas en que el franquismo no ha dejado de irrigar el sistema circulatorio de la sociedad española; ocho lustros de imposición "democrática" de reyes y memorias arregladas que han ocultado la auténtica memoria del horror y una mal llamada paz, impuesta a base de garrote vil, cárcel y deportación so capa de emigración económica. Cuarenta años en que casi nada se sabe de aquellos otros cuarenta años, de aquellos cuatrocientos ochenta meses de baldío frente a la puerta, de gónadas bovinas marcando horizontes, de aquellos más de catorce mil días con noches llenas de noche, de esa "noche más larga", que presentía Luis Eduardo Aute.
"Muerto el perro, se acabó la rabia", miente entonces el refrán, pues la rabia, el franquismo sociológico o ambiental que desde la estructura de la Administración sigue irradiando su credo, no se ha acabado. Los hijos de los hijos de los que algo fueron son hoy los que son, siguen siendo, por los hijos de los hijos... amén. Por mi parte, vaya para ellos la invectiva fernangomeciana más popular: ¡a la...! Nada que conmemorar.
"Muerto el perro, se acabó la rabia", miente entonces el refrán, pues la rabia, el franquismo sociológico o ambiental que desde la estructura de la Administración sigue irradiando su credo, no se ha acabado. Los hijos de los hijos de los que algo fueron son hoy los que son, siguen siendo, por los hijos de los hijos... amén. Por mi parte, vaya para ellos la invectiva fernangomeciana más popular: ¡a la...! Nada que conmemorar.
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